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Nunca podré decir que estuve en esta boda. Jamás pensaré que trabajé en ella. Tampoco que la vi o que estuve presente. Siempre diré que la viví. La viví desde dentro. Junto a Leyre y Javier. Porque la boda de esta pareja fue para vivirla. No hubo ni un solo momento del día que no fuera (o fuese, como siempre me recalca mi madre) especial. El novio almorzó con los amigos. Reconozco que les envidié. Eran una cuadrilla. Pero una cuadrilla con mayúsculas. De las de verdad. Envidia máxima. La novia también almorzó. ¿Con sus amigas? No. Con su padre. Momento íntimo de confidencias. Instante único entre padre e hija. Lo que vino después fue a más cada minuto que pasaba. Detrás de una sorpresa, llegaba la siguiente y después otra. Y otra. Y otra más. Espera. ¿Cuántas llevo? Tampoco quiero exagerar. Pero hubo más de mil. Seguro. Tuve una conversación con la madre de Javier. Qué maja. Qué majos todos. Le dije que había una cosa que me había marcado. Ella me miró esperando una respuesta. Y como soy una persona educada, le contesté. Sin esperar a después de la publicidad. Sobre todo porque no la había. Mi respuesta seguro que le llenó de orgullo y satisfacción (¿de qué me suena esta frase?). Le dije que cuánto de bueno habrían hecho su hijo y Leyre para que la gente les diese tanto cariño. Ella no me respondió. Sonrió orgullosa y me dio dos besos.