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Otra boda con su intrahistoria. La de la palmera de chocolate. En su dia dije que esta boda era felicidad en estado puro. Y lo sigo pensando. Se palpaba en el ambiente. “Pero que gente tan feliz”, me decía yo para mi mismo. Bueno, para mi mismo y para todos a los que se lo comenté. Que fueron bastantes. Quizás a todos los invitados. A casi todos mejor dicho. Con el mago no me atreví. Pensé que si le daba la paliza contándoselo, a lo mejor me hacia desaparecer. Un artista este señor. Dejo a todo el que estaba en Venta de Larrión sin palabras. Y momentáneamente sin cartera. Pero solo momentáneamente, ¿eh?