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Boda con dron.

Boda con dron. Con dron de los que vuelan. No con Dron Vito. Ni tampoco Dron Gato o Dron Pimpón. Con dron de los que una persona con maña, pericia y sobre todo con licencia hace volar. Por dejar claras las cosas, la maña del piloto no es su prima la de Zaragoza. Me refiero a la habilidad para volar el aparato. En esta boda en Otazu los novios, Rubén y Nerea, querían imágenes aéreas. Yo no ofrezco este servicio. No soy muy amigo de las hélices en las bodas. Creo que es un riesgo que no me merece la pena correr. Unas hélices pueden hacer mucho daño. Preguntádselo a Enrique Iglesias. En su concierto le pusieron un dron cerca. No se cortó un pelo precisamente. Lo agarró en pleno vuelo. Desde entonces tiene dificultades para chocar esos cinco. Pero que quede claro que por ahí circulan videos espectaculares hechos con dron. Que a mi no me guste no le resta belleza al resultado. Soy así. Raruno. Que le vamos a hacer.
El caso es que los novios querían ver Otazu desde las alturas. Y tengo que reconocerlo. Las imágenes son espectaculares. Bien grabado. Con gusto. La llegada en calesa de Nerea es llamativa. Mucho. Queda bonito. Precioso video de boda. Seguro que os gusta.
Por lo demás, un dia diez. Buen tiempo. Un entorno tan espectacular como Bodega Otazu y una pareja de esas que te caen bien a la primera. Aunque esa primera cita entre los tres tenga una anécdota que nos la guardamos para nosotros. No es nada grave. Me gusta dejaros con la intriga. Hitchcock triunfó con la intriga. El caso es que Rubén, Nerea y yo sabemos a que me refiero.
Rubén, mas majo que las pesetas (¿os acordáis de las pesetas? ¿de cuando todo costaba la mitad?). No es majo por ser pariente de mi mujer. Que también. Es majo porque lo es. Buena persona. Y Nerea. Nerea es todo sonrisa. Transmite ilusión. Alegría. Da hasta un poco de envidia. Verla sonreír todo el rato te alegra a ti el dia. En serio.
¡Ah!, lo olvidaba. El viaje de novios de Nerea y Rubén. Ni Tailandia, ni Vietnam, EEUU o Islas Seychelles (ojo con el nombre, el corrector casi me da un disgusto). El camino de Santiago. Ahí es nada. Tiempo para hablar y caminar van a tener de sobra. Para eso se han casado, ¿no? Para caminar juntos por la vida. Pues nada, ¡ale! ¡ale!. A darle al coche de San Fernando. Un ratito a pie y otro andando. Aquí os esperamos.